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Además del alto nivel de desempleo, la población joven se enfrenta a la desigualdad educativa en la pandemia. Foto: Jaime Moreno. Archivo EL TIEMPO
Jóvenes en la línea de fuego

Había una vez una Urraca…

Testimonio de su creador: Francisco Javier Buitrago, Bartolino 1974 “El Pájaro”

¿Cuéntenos un poco de usted, cuáles son sus estudios, su experiencia?

Después del orgullo que para mí significa ser bachiller del Colegio San Bartolomé La Merced, me licencié en publicidad y mercadeo en la Universidad Central y me gradué como diseñador gráfico en la Universidad Jorge Tadeo Lozano. Toda mi vida laboral se desarrolló en empresas de artes gráficas donde tuve el grato privilegio de conocer la hoy gran industria de la impresión como un verdadero arte y durante los últimos 14 años fui el director del Departamento de Arte y Diseño de una prestigiosa empresa Caleña en donde me especialicé en diseño editorial y corrección ortotipográfica y de estilo.

Según lo que nos cuentan algunos de sus compañeros usted tiene un gran sentido social, especialmente apoyando a los niños cuéntenos un poco de eso.

Una de las dos medallas con las que fui galardonado en sexto de bachillerato fue por Sentido Social. Recuerdo mi participación muy activa en el Campamento Misión con el que hicimos una gran labor en los llanos orientales. Me gustaba participar en cuanta obra social se propusiera en el Colegio, disfrutaba mucho las sesiones de alfabetización en el Barrio Ramajal. Pasó el tiempo, y cuando cumplí cincuenta años y con mucho esfuerzo y empíricamente aprendí a construir y a ejecutar instrumentos autóctonos de nuestra música ancestral suramericana: charango, quena, zampoña, bombo y muchos otros. Con ese nuevo saber tuve la oportunidad de conocer varias fundaciones de acción social en la ciudad de Cali en las que colaboré como instructor musical donde conformé una pequeña escuela de música andina de la cual se beneficiaron aproximadamente 120 niños en sus varias etapas de existencia que hoy son músicos o están estudiando música en el conservatorio de Bellas Artes de Cali y en el Instituto Popular de Cultura. Aparte de alejarlos de lo que implica la “calle” en los barrios subnormales de Aguablanca.

Sabemos de la ayuda que brinda a un niño al que sube a la terraza para tomar el sol. Cuéntenos de esta hermosa labor.  

Francisco Javier Buitrago "El Pájaro"
Francisco Javier Buitrago “El Pájaro”

Realmente no debiera ser yo el que contara esta experiencia. Se trataba de un muchacho de 28 años a quien la vida pareciera no haberle sonreído en lo más mínimo. Era el hermanastro de mi excompañera, Ana Ruth; desde muy joven, casi un niño, tuvo dependencia a las drogas y sufrió todos los problemas imaginables, tanto sociales como físicos. Nos enteramos que había sido internado en el hospital departamental de la ciudad de Cali por un problema pulmonar; cuando fuimos a verlo nos enteramos que su cuadro patológico era más complicado de lo que parecía. Problemas del corazón, pulmones, hígado… un tratamiento largo sumado al de su adicción. La mayor dificultad consistía en que ya le era imposible caminar debido a que en medio de esa compleja patología, había resultado con parálisis y deformación en ambos pies. Cuando lo dieron de alta decidí llevarlo para su recuperación a nuestro apartamento, que quedaba ubicado en una edificación del barrio San Nicolás, que por ser zona semi-industrial se caracterizaba por tener un primer piso supremamente alto ya que normalmente se usaba como una bodega para una fábrica o taller, lo que hacía que llegar al cuarto piso, a nuestra casa, era como si subiéramos 6 pisos por escaleras porque no contábamos con ascensor. Yo, por fortuna, en aquella época era un hombre corpulento y con mucha fuerza; aunque con todas esas ventajas, subir seis pisos a un cuerpo de 65 kilogramos, era una tarea bastante ardua, no obstante haber utilizado la técnica ancestral de nuestros indígenas suramericanos que consiste en una silleta liada con riatas a la espalda y la frente. Subir a la terraza (un piso más arriba), para que tomara el sol y aire fresco, llevarlo al baño a sus necesidades fisiológicas y aseo, vestirlo, acostarlo, sentarlo, etc., eran rutina diaria. A una silla rimax le acondicioné unas rodachinas para transportarlo por el apartamento y unas bandas elásticas, de esas de fisioterapia, para que él ejercitara algunos de sus músculos. La lucha fue muy dura; casi le ganamos la batalla a la mayoría de sus enfermedades, pero no pudimos con la, tal vez, más grave que sufría: su adicción. Se marchó de este mundo sin darnos la oportunidad de verlo sano.

¿En qué momento durante sus años de Colegio descubre ese talento y que le llevo a escoger este camino?

Toda la vida tuve inclinación por el arte; siempre me llamó la atención todo lo que tuviera que ver con la cosa artística: el dibujo, la danza, el teatro, la fotografía, la música…

¿Quisiéramos nos ubicara en el tiempo y en el espacio en el momento en que llega a su mente la idea de la creación de la Urraca y en que se inspiró?

En 1971, cuando cursábamos tercero de bachillerato, en la clase de arte, el profesor Daniel Torres nos explicó algunas de las técnicas de elaboración de “afiche”, entre ellas el collage y la ilustración, para esta última abordé el tema de las fiestas bartolinas que se avecinaban, plagiando los tipos de letra que Daniel Torres hacía con maestría a mano alzada y haciendo alusión a mi apodo de “Pájaro” hice un émulo de una de las Urracas Parlanchinas divertido cómic que era famoso por aquellos días; solo que la puse azul con rojo. Ese pajarito luego apareció en la Juventud Bartolina 1970 y desde entonces se familiarizo como mascota de las fiestas y luego como un ícono que hoy se imprime junto al escudo del Colegio y al logo SBLM. 

¿Cuál fue la reacción y las opiniones de las personas, compañeros, profesores cuando comenzaron a conocer a este querido personaje?

Fue un trabajo escolar sin pretensiones; ni siquiera era un concurso; sólo saque una buena nota en el afiche de ilustración. Si me sentí muy contento cuando apareció luego en el afiche oficial de las fiestas de ese año. No hubo opiniones… se daba por descontado que era bueno. 

¿Cómo se siente al ver ese importante símbolo dibujado en diferentes lugares del colegio, acompañando la publicidad y hasta personificado en la vida real durante los eventos del colegio?

Me siento muy orgulloso. No lo puedo creer al ver en las fotos del Colegio por Facebook la urraca pintada en el patio del patio central… o la que vi recientemente de los dummies gigantes… parece un sueño.

¿Cuál sería su mensaje para toda la comunidad Bartolina? ¿Y de qué forma quisiera que la urraca continuara inspirando a los futuros Bartolinos?

Quiero que los Bartolinos sigan amando su colegio de por vida así haya cambios su esencia es la misma.  Recuerdo con cariño la participación en la construcción del coliseo, arriba de la cancha de fútbol no había sino bosque, en fin las transformaciones y evolución no paran. Sin embargo, siento eso: lo amaremos de por vida.

Quisiera que la urraca no fuera solo una imagen; quisiera que se convirtiera en un verdadero comic; que fuera un mensajero del pensamiento Bartolino y que fuera el cómic de infinidad de campañas sociales.

Muchas gracias por su tiempo y valioso testimonio, y gracias muchas gracias por ese importante aporte a la identidad Bartolina.

Luis Javier Gallón
Bartolino 1975

Edgar Espinel Becaria
Bartolino 1986

Luis Javier Gallón
Luis Javier Gallón
Bartolinos 1975

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